Miércoles, 25 de agosto de 2004
Una mítica calle limeña, recorrida luego de algunos años con la complicidad de la noche, es el escenario de esta crónica urbana, donde se entremezclan viejos recuerdos y extrañas sensaciones que llevan al desvarío.
Bajo en la esquina, le digo al chofer del taxi, al ver que me acerco a la Plaza San Martín. Bajo justo al frente de lo que fue el cine Metro, ese que tenía un gran reloj que nunca vi funcionar. O habrá sido que yo aún no sabía ver la hora y sólo esperaba el momento de que empiece la función, sin canchita ni gaseosas.
Cruzo, como yendo al Jirón de la Unión y siento que las cosas no han cambiado mucho. Un vendedor de hojas de afeitar marca vikingo, una surtida caja de dulces y golosinas ofrecidas al paso por una mujer en silla de ruedas, que han hecho de la vereda del mítico Bolívar su lugar para los negocios. Paso rauda en busca del local contiguo, que ofrece el mejor pisco de Lima, el que preparan, qué ironía, los antiguos barman del que fue alguna vez un lujoso hotel.
El local pisquero está repleto, así que camino en dirección contraria, donde me espera una calle presente en mis recuerdos. Quilca mon amour, me digo, acelerando el paso y metiendo las manos en los bolsillos para protegerlas del frío.
Y llego. Y me paro esta vez junto al cine Colón. O al ex cine, tendré que decir, que tapiado y orinado luce decadente. Me paro, los pies juntos y los brazos entrecruzados. Contemplo con mirada triste y mojada la calleja llena de puestos de libros y discos y polos revolucionarios y demos que nunca llegaron a escucharse en las radios y kitaros, silvios y hesses que nunca compré. Miro y ya no están.
Camino pues por esta primera cuadra llena de noche y de frío, que marea hasta el vértigo, y sorteo guitarras solitarias, cigarros humeantes, casacas de cuero negro y un títere que me saluda con desgano desde el helado concreto sobre el que se gana la vida, bajo la luz tenue de un farol amarillento.
Paso La Noche, ojeando que sólo dos o tres gatos nocheros pueblan las barras. Cruzo la calle y mis pasos van siguiendo la antigua ruta hasta el paraíso. Atisbo por la puertezuela de vidrio y madera de dos alas y siguen las mismas mesas, las mismas sillas y quizás la gente de siempre.No entro, para otra vez será. Quédate ahí, le digo al Queirolo. Espera a que regrese uno de estos días a tomar un vino y comer butifarra. A buscar inútil, paranoicamente, algún verso inspirado escrito sobre madera por los célebres visitantes de antaño.
Suspiro. Y siento las mejillas calientes, como si hubiera tomado un buen tinto. Como una cachetada que me despierta de una ensoñación. Como una voz insistente que me dice una y otra vez, “¿qué esta buscando, señorita?”, “tenemos la última de Jáuregui, original”, “no, Skármeta no hay ¿quién es? ¿premio Planeta?”
Estoy pues entre stands ordenaditos y no puedo evitar sonreír. Tan feria del libro, pienso. Me decido a entrar y así es, en efecto, cuando veo que “¿Quién se ha llevado mi queso?” está en todas partes, ocupando primera fila, disputándose los flashes con otros tantos libros de automotivación. Paso.
Leo contratapas, me detengo en los epígrafes y, más allá, pido escuchar algo de Héroes del Silencio. No compro. Doy algunas vueltas más entre, ahora sí, libros que me jalan. Kenzaburo Oé me invita a leerlo y me dan ganas de abrazarlo y preguntarle por Hikari. Pero me mira distraído y distante. Quizás no le haya caído bien mi impertinencia. Tampoco compro.
Y Chomsky me dice que el próximo objetivo de Estados Unidos será la región andina, que el proyecto hegemónico del imperio norteamericano exige más invasiones y que blablablá. Hoy no estoy de humor, lo siento camarada. Sigo. Usted es la culpable, me señala un librero. Sí, lo soy, le digo, pero no lo comente tan alto, que se enteran. No sé de qué me culpan, quizás porque soy la loca de la casa, la materia del deseo de un tal edmundo o por haber desaparecido sin dejar rastro mientras me buscan desesperados detectives salvajes. No lo sé, sigo pensando en voz alta.
No sé tampoco cómo llegué a Quilca, mon “ancien” amour. No vine a comprar libros porque no tengo sino trece soles en el bolsillo (me alcanza para un disco y para mi pasaje de regreso). Quizás fue un impulso, como del que ahora estoy presa, que me hace salir corriendo a la calle al ver tanto color en esta noche sucia y limeña, tanto estallido de graffiti en este final de la cuadra dos donde me siento extrañamente desterrada.
Así que me voy, sin prisas, con mi CD de Leuzemia en la mano y afiche de regalo que escondo por pudor, sintiéndome más turista que nunca, pensando que la próxima vez vendré sin tacones ni cartera y que aceptaré, gustosa, el cigarro que me invita el solitario títere bajo el farol.
Publicado en: Décimo Círculo (
Por: illari | Crónicas | Comentarios (1) | Referencias (0)
Fue lo primero que había leído...
Me molestó tanto la presencia de Skármeta que preferí no decir nada...
Ahora que trato de volverlo a leer me sigue molestando la presencia de Skármeta. Molesta verlo en la memoria del encuentro mundial de escritores latinoamericanos que se hizo en Dinamarca...
En fin, tal vez algún día me olvide de su existencia y entonces pueda terminar de leer este cuento o relato que has escrito... sobre una calle que yo también recuerdo... como la librería pequeña que conocí y frecuenté desde mi infancia...
félix toshi
felix toshi | 21-01-2005 01:56:01
Empieza tu día con una sonrisa, verás lo divertido que es andar por ahí desentonando con todo el mundo. Libertad dixit