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Miércoles, 01 de septiembre de 2004

La chuncha eres tú

Dicen que la selva tiene su encanto. Así lo confirma esta desenfadada crónica sobre la visita a una comunidad nativa, donde la llamada civilización ya puso los pies.

¿Duele? pregunto aterrada, pero ya el pinchazo en el brazo izquierdo va introduciendo la vacuna que me librará, dicen, de la fiebre amarilla. ¿Prefieres morirte o que te duela? sentencia la enojada enfermera del puesto El Pedregal, en La Merced, la última parada antes de llegar a Pampa Michi. Ayer han fallecido tres personas que fueron a Pichanaki, cuenta con un dramatismo que no deja duda. Que me duela pues.

Me da mi papelito que certifica que estoy liberada por 10 años de la plaga y reanudo la marcha con la confianza de que ningún zancudo se aprovechará de mí, pensando en que quizás también debería existir una vacuna contra el susto que provocan los duendes. No vaya a ser verdad que se aparecen en los tres túneles que acabo de pasar y que te miran agazapados y gritan como condenados, y que… Así dice Henry, el guía, que insiste en venderme un llavero que él mismo hizo, con la forma de un duende que vio una noche de esas. El viaje promete, me digo sonriendo por mi poca fe, confiada en no necesitar antídotos.

Un desvío a la izquierda en la carretera me revela que vamos llegando a la comunidad asháninka cuya foto aparece en todos los folletos de las agencias de turismo de Tarma, como punto final del tour a la selva central. Para más señas, en el distrito de Perené, provincia de Chanchamayo, departamento de Junín, a 630 metros sobre el nivel del mar.

Voy alistando mi cámara, untándome más repelente y pensando que ¡¡¡¡¡por fin veré chunchos de verdad!!!!! (Nativos, me corrige furioso Henry, adivinando mi mirada extasiada). Aquí me bajo, síganme los buenos. Los malos no porque les meten flecha.

Así de absurda y muerta de la risa entro a Pampa Michi, donde el jefe chuncho, con cara pintada, cushma* color tierra y demás atavíos ha sentado sobre troncos cortados a los turistas domingueros que han venido en mancha, atraídos por la noticia de que hoy 1 de agosto habrá una gran fiesta. Me apunto, ahora que sé que no nos invitarán masato. Me acabo de enterar cómo es preparado este licor y me ha venido una náusea totalmente occidental y llena de prejuicio. Acepto el refresco de yuca. ¿No lleva camote, no? Pasonki**.

En perfecto castellano, el jefe chuncho, que luego me entero es más bien el hijo del jefe (quien ha ido en busca de músicos para la fiesta) nos invita a vestirnos con las ropas y adornos de su comunidad. Acepto otra vez y ya me veo con las mejillas pintadas con achiote, ataviada para la foto que nadie me tomó. Y así engalanada sigo los pasos del monocorde baile colectivo, con tamboriletes y cánticos, en el que damos vueltas y vueltas con la sonrisa kolynos a flor de labios.

Quiero más acción, me digo y ya tengo al lado al hijo del jefe chuncho con su arco y flechas disparando a un loro de madera. ¿Más acción? Pal monte vamos a cazar venados, sugiere. Paso. El loro está simpatiquísimo. Aunque más atractiva está la cerbatana que acabo de comprar a 10 soles, con respectiva rebaja de 5 soles de la que me jacto, antes de que la nativa asháninka que amamanta a su hijo me desilusione y me diga que el artilugio éste viene sin veneno incluido. Deprimida adquiero un arco y flechas con filudas puntas, también a precio de oferta. A ver si le doy al lorito. O al mono trapecista que no para de chillar por el coloradísimo chupete globopop que le invitó algún pequeño turista.

Coloradas deben estar también mis mejillas, por el achiote que no me he sacado de encima o por el calor de selva que siento por primera vez. O será el rubor que me produce sentirme como Jane en medio de la jungla, acaso como el llanero solitario descubriendo a Toro o como Paul Gauguin pisando tierras vírgenes en Oceanía. O sea, totalmente étnica, ves.

Los techos de palmeras, los collares y pulseras de semillas no me mienten. Esto es selva, señores. Pero no tan virgen. Salvo el cántico en campa, cuya tonada la tengo grabada en la memoria (del videotape), escuché a niños y grandes hablar en español. La maldita globalización, pienso, pero me estrello con sus cushmas, sus pies descalzos, sus verdes y tupidos montes, su tamborilete que no deja de sonar en mi cabeza.

Y me empecino en que no pues, que esta comunidad es hecha ad hoc para recibir turistas ávidos de nuevas experiencias, que su arco de bienvenida no existía hace tres años, que los campas temían abrir sus puertas a extraños. En fin, que los vacunados deberían ser ellos, ante nuestra estúpida ignorancia. La chuncha eres tú, me digo resignada, cogiendo mi cerbatana para espantar al duende que presiento me ha seguido hasta aquí.


* Cushma: Vestimenta típica similar a una túnica.
** Pasonki: Gracias, en lengua asháninka.

Publicado en Décimo Círculo (www.decimocirculo.net). Edición 3, agosto 2004.

Por: illari | Crónicas | Comentarios (2) | Referencias (0)

Comentarios

es to es terible jueno

nicol | 09-06-2007 20:43:29

Hola Illari, creo que no fue una mala experiencia conocer Pampa Michi, siendo una comunidad que esta al lado de la carretera y tiene contacto con la "sociedad nacional" desde hace mucho tiempo; si quieres conocer las comunidades indigenas que viven en el bosque (lejos a la carretera y con menos contacto con la sociedad), ponte en contacto y coordinamos; soy limeno, vivo hace 2 anos en San Ramon (Chanchamayo), hace 8 anos visito las CCNN Ashaninkas en la cuenca del rio Ene y mi amigo-compadre-socio las visita hace 30 anos...

Carlos | 11-02-2008 22:21:48

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