Lunes, 01 de noviembre de 2004
Tres breves relatos narrados por una infrecuente víctima de robos que, a pesar de ello, recuerda estos momentos con incrédula angustia.
No tengo miedo, me digo siempre tratando de aparentar valentía, sin que nadie se entere de que cuando subo a un taxi me fijo en la cara del conductor, en que sus manos estén fijas en el timón y en que no vaya a realizar algún movimiento sospechoso, como aplicarme “burundanga”, por ejemplo, cuyo olor, dicen, desmaya a uno en un segundo. Por eso ya tengo un plan, he diseñado mi estrategia de escape. Ventana siempre abierta, sentarme detrás del taxista y, si sucede, tirarme del auto, aunque esté en plena Vía Expresa. Creo que mi plan aún debe perfeccionarse. En eso estoy.
Los nueve asaltos diarios reportados en Lima, es decir, sólo aquellos que se denuncian, reflejan el temor –casi pánico– colectivo que se vive en la ciudad. Secuestros al paso, robos a tiendas, casas y centros comerciales. ¿Cómo no vivir siempre con sobresaltos? Acaban de enrejar las calles de mi barrio, donde las historias de ladrones y guachimanes se han multiplicado, pero inevitablemente, esta paranoia por sentirnos más seguros me ha traído el recuerdo de mis propias experiencias como víctima de carteristas, timadores, asaltantes y pirañitas. Los robos son momentos traumáticos, dicen. ¿Quién no lo ha comprobado alguna vez?
Uno
No te asustes mamita, dame lo que tienes y no pasa nada, me dice un chiquillo de ojos vidriosos mientras otro ha colocado sobre mi cuello una botella con el pico roto. Es la avenida La Marina, nueve y tanto de la noche de un jueves, a la salida del trabajo.
Otros dos tienen la mochila de mi amigo, que insiste en que me suelten. Sólo tres lucas en la mochila misia. Se resignan. Aún esperan mi cartera que lleva dentro –maldita casualidad– una cámara de fotos, grabadora y algo de dinero con el que debo pagar un trabajo de imprenta– ¿De dónde vienes?, le digo al de los ojos perdidos, con un desparpajo que deja boquiabierto a mi amigo, que me dice con su mirada ¿qué estás haciendo?, no seas loca, ¿te enteraste de que te están robando?
De Barrios Altos, dice. Somos vecinos, cómo me vas a hacer esto chochera, no te pases pues, le respondo buscando conversa ¿Vives por el Dos de Mayo? , interroga. Por Huánuco, llegando a Grau, le cuento, recordando haber pasado alguna vez por allí, y lo miro señalando con la vista mi cuello apretado.
Los otros tres pirañas parecen nerviosos, pero siento que su líder, ése que se ha hecho mi pata, ejerce mucha influencia sobre ellos. Déjala, nos quitamos nomás, le dice al de la botella rota. Caminen sin mirar atrás, no volteen mierdas. No han pasado sino unos 3 minutos. Subimos al primer bus, le doy algunas monedas a mi amigo para su pasaje. Empiezo a llorar.
Dos
Tomo el bus que me llevará desde Caquetá a la Plaza Dos de Mayo. Acabo de salir de mi antiguo barrio al que visitaba después de mucho tiempo. Me acomodo a la izquierda, en uno de aquellos asientos solitarios y me concentro en ver a los comerciantes informales que venden sandías en el mercado del trébol del Puente del Ejército. Caramelo de limón, 10 centavos, escucho muy cerca. Y más cerca aún siento una filuda punta de navaja que acaban de colocar sobre mi brazo. Te bajas conmigo, carajo, me dice alguien de manera casi imperceptible. No me muevo. No veo su rostro.
Avanza por el siguiente asiento a ofrecer sus dulces, pero siento que me observa. No me atrevo a voltear. No sé si tiemblo, no recuerdo si lloro. Estamos llegando a la Plaza Unión y el vendedor se ha parado justo en el asiento detrás del mío, aguardando algún movimiento. Y yo pienso en qué querrá hacerme, en qué me hará si descubre que no llevo dinero encima. O tal vez quiere violarme, pienso aterrada ahora que acabamos de cruzar miradas, la mía, suplicante; la suya, desquiciada, perturbada, casi extraviada.
Hola, cómo estás amiga, ven acá, me jala de la mano efusivamente un muchacho que está sentado al otro lado del pasillo del bus, rescatándome así de mis delirios. ¿Te hizo daño? Es un loco nomás. Espera a que baje del bus. Y el loco pasa por nuestro asiento, se baja al fin, pero tira un golpe furioso sobre la ventana y logro ver su mirada suplicante y su boca que grita palabras que ya no entiendo. He dejado de temblar, no fue sino un susto. Vaya suerte la mía. El muchacho desconocido que me salvó me invita un caramelo de limón. Bajo en la esquina.
Tres
Ya tengo 14 años pero es peligroso que vaya sola. Me acompaña mi hermano que también aprovechará para comprarse un polo, yo necesito uno urgente para mi clase de karate. En Polvos Azules paseamos por los puestos de zapatillas y ropa, pero nos entretenemos en aquellos que venden equipos de sonido. En casa no tenemos, y se ven tan bonitos que nos quedamos allí largo rato escuchando algo de Phill Collins. Hay de todo, equipos con parlantes enormes, minicomponentes y dispositivos personales, de esos que llaman walkman.
Son ya casi las seis, está oscureciendo y debemos volver a casa cuanto antes. En eso, ¿no les gusta este ‘wolman’? , nos dice un señor parado al lado de un puesto, que nos muestra un modelo clásico, negro, con los botones en el lado superior, marca Sony. Miramos. Sí nos gusta. ¿Cuánto? ¡Sí nos alcanza! Adiós polos, ¡ya tenemos ‘wolman’! Entonces corremos, sospechando que el vendedor viene siguiéndonos para robarnos lo que nos acaba de vender. Tomamos raudos un bus y yo toco a cada rato mi walkman, que está bien envuelto en una bolsa negra, sintiendo que está a salvo, mirando a todos lados si aquel tipo o algún compinche nos quieren malograr el día.
Ya no podrán hacerlo. Llegamos a casa, felices. Y ahora qué le decimos a mamá. Ya viene, apúrate para darle la sorpresa. Abro la bolsa con desesperación, sintiendo la música que sale de los audífonos, alucinándome que estaré tirada en la cama escuchando mi casete de Los Fabulosos Cadillacs. Apresúrate. Entonces mis ojos se abren enormes y recién caigo en la cuenta de que el tipo ese que me vendió mi “wolman” estaba medio escondido entre los puestos de Polvos Azules, que nos miraba rarísimo, que hablaba a mil por hora aturdiéndonos. ¡Maldición! Mis ojos se abren enormes y afligidos. Un papel periódico envuelve un pedazo de barra de jabón de lavar (Bolívar, presumo) con pequeños trozos cuadrados del mismo jabón, que simularon los botones del walkman que yo creí tocar en el bus. Aún tengo 14 desoladores años.
Publicado en Décimo Círculo (www.decimocirculo.net) Edición 5, octubre 2004.
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Empieza tu día con una sonrisa, verás lo divertido que es andar por ahí desentonando con todo el mundo. Libertad dixit