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Jueves, 30 de diciembre de 2004

(Re)construyendo el mito

Una mirada personal de "Diarios de Motocicleta", la reciente cinta de Walter Salles que recrea el viaje del joven Ernesto Guevara y su amigo Alberto Granado, un viaje sin rumbo por Sudamérica que cambió sus perspectivas y derroteros.

¿Una revolución sin tiros? Imposible, sentencia Ernesto Guevara en las alturas de Machu Picchu. Una frase de película dicha así, explícitamente, para convencernos de que, en efecto, el estudiante de medicina argentino, clasemediero y aventurero que estamos viendo hace ya media hora en pantalla gigante se convertiría años después en el mítico Che Guevara.

Salvo esta frase incendiaria y premonitoria, quien esperó ver al revolucionario líder en acción, no lo encontrará en “Diarios de Motocicleta”, último filme del brasileño Walter Salles que, basado en las “Notas de Viaje” escritas por Ernesto Guevara de la Serna, y en el libro “Con el Che por Sudamérica” de Alberto Granado, su entrañable compañero de ruta, retrata precisamente el recorrido que ambos hicieron por gran parte de Argentina, Chile y Perú en el año 1952.

Estamos advertidos. No es un panegírico a uno de los iconos más populares del siglo XX. Es una mirada lírica y desmitificante de dos jóvenes soñadores que emprenden un viaje que tiene muy poco de turismo y más bien sí de descubrimiento paulatino de una identidad latinoamericana, eso que el Che llamaría luego de manera rimbombante una “Mayúscula América”.

Dejo a los críticos y cinéfilos entendidos su opinión enterada e instruida sobre este road movie, que así es como se le llaman a las películas de viaje o de ruta. Mi mirada está mezclada con canchita y gaseosa, con el perdón de los presentes, y con pasiones que –sin llegar al fanatismo– (vaya, si hay que dejarlo en claro), despierta un personaje como el Che Guevara. Ha de ser generacional.

Los nombres de Salles, Redford y Gael García en el afiche publicitario la hacían imperdible. Tengo que verla, me dije. Y es así como de entrada, cuando te topas con dos amigos, Ernesto Guevara de la Serna (Gael García) y Alberto Granado (Rodrigo de la Serna) alistando aperos para emprender un viaje estrictamente planificado, con hoja de ruta, fechas y destinos, no te cabe duda de que la aventura promete. Y si es a bordo de “La Poderosa”, la desvencijada moto de Granado, te das cuenta de que es un viaje de locos. O de soñadores, que es casi lo mismo.

Al fin y al cabo, dos jóvenes románticos y aventureros. Guevara, a punto de graduarse de médico, con estudios en leprología, 23 años; y Granado, un bioquímico de 29 años, decidido y carismático, que parten de Buenos Aires hacia el Sur de Argentina, dejan atrás la Patagonia y recorren Chile, hasta llegar al desierto de Atacama, donde un episodio con una pareja de comunistas impacta tanto por la fuerza de las imágenes –la casi esclavitud en una mina– como por el implícito discurso de desigualdad social que ya va adoptando el protagonista.

El paso por el Cusco, con escenas bien logradas es donde la película huele más a documental: la conversación espontánea con los pobladores, el niño guía con el que chacchan coca. Luego, la llegada a la Lima de los 50’s donde Ernesto lee los 7 Ensayos de Mariátegui, imagen que se intercala con retratos de toda la gente que fue dejando en la ruta: mineros, comerciantes de un mercado, campesinos, gente citadina, van haciendo la idea de que toda la experiencia de este viaje ha surtido un efecto evidente sobre ambos personajes, sobre todo cuando llegan al leprosorio ubicado en el Alto Amazonas, despertando –en uno más que en el otro–, reflexiones e inquietudes que posteriormente determinarían en alguna medida sus apuestas personales.

Pero paremos. No voy a contar la película, que todavía anda en cartelera. Decir que me gustó es decir nada. Me quedo con la idea de que me atrajo la forma en que está narrada la película, la historia misma –la trama, que le dicen–, inclusive, paradójicamente, la casi asepsia del film. Esa era la idea al rodarla al fin de cuentas. Y vale.

Y me quedo también –lo siento Gael– con Rodrigo de la Serna, que se roba el show con la interpretación de un personaje bullente, casi pendenciero, encantador al fin. Está bien. Gael García no estuvo mal en el papel del Che, adoptando un acento cordobés convincente. ¿Era cordobés, no?

No me gusta leer las críticas cinemeras antes de ir a ver una película, aunque después tampoco queden muchas ganas. Sin embargo, leyendo algunas notas me entero que Walter Salles hizo también el recorrido antes de rodar la cinta, que luego fue filmada, cosa rara en el cine, siguiendo el hilo de la narración. Y que, tanto para él, el guionista José Rivera, así como para los actores, fue también un proceso de descubrimiento de identidades.

Se me graba también la imagen de Alberto Granado, el verdadero amigo del Che Guevara, un octogenario anciano que vive actualmente en Cuba, que comparte su mirada para hacer ese recorrido retrospectivo de eso que fue para ellos un vagar sin rumbo, pero que tendría tal impacto en sus vidas, que años después compartirían nuevamente ideales.

Pero al final de todo, me quedo con las ganas de salir corriendo a buscar el libro del Che Guevara (aún sigo buscándolo). Piso tierra y al día siguiente de ver la película un amigo me espeta: ¿Te das cuenta que los soñadores son una lacra para la sociedad? Y me quedo pensando. Quizás a la entrada del cine debieron colocar un cartel: “Apto sólo para soñadores”. O para ilusos, imbéciles o terroristas dirán otros. Así es el cine pues. Uno ve lo que quiere ver. Y construye sus propios sueños.

Publicado en Décimo Círculo (www.decimocirculo.net) Edición 7, diciembre 2004

Por: illari | Es un decir | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

No he visto la película...
Muchas cosas no he visto...
Tantas que tengo miedo de mirar todo lo visto y vivido...

...he visto el sueño, de soñadores, y sin embargo no temo el seguir soñando...

felix toshi | 21-01-2005 04:55:28

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